Joan Enric Mogas i Pla (Mollet del Vallès, 1961). Periodista de oficio, ha colaborado y trabajado en diferentes medios, tanto de prensa como de radio e incluso ha saltado la barrera para trabajar en un gabinete de comunicación.
No era un día qualsevol fue el primer premio en la modalidad de prosa de los "Premis Sant Jordi 2005" convocados por el Ayuntamiento de Palau-solità i Plegamans
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No era un día cualquiera

      

joan enric mogas i pla
     
No era un dia qualsevol. Abril 2005
Premio Sant Jordi de Prosa 2005. Ayuntamiento de Palau-solità i Plegamans

 

Traducción al castellano. Marzo 2006
Mi agradecimiento a Jara Gil por su colaboración en la traducción de este relato, evitando así que perpetrase un atentado a la lengua castellana.

 

Se permite la reproducción por cualquier medio, siempre que no se cambie el nombre del autor

 

               Para Núria, le debía un relato

Despertar
El despertador sonó a la hora habitual de los días laborables. Normalmente lo dejaba sonar un par de veces o tres mientras se desperezaba antes de levantarse, hoy, en cambio, lo paró de inmediato. No quería que aquel sonido estridente, maldito pero necesario, despertase a Alba que dormía placidamente a su lado. Ella tenía unos horarios diferentes y podía levantarse más tarde.
Mientras se ponía el albornoz contempló el cuerpo amado, hasta donde la sábana dejaba ver.
La tenue luz que entraba en la habitación permitía seguir con la mirada el pelo rizado, su bonita cara medio tapada por un brazo y los pechos redondos y firmes. Alba se revolvió de golpe. Con ese giro inesperado pudo admirar la espalda y las nalgas, de piel fina y reluciente. Atrás quedaba la primera noche compartida después de decidirse a vivir en pareja y una amplia sonrisa delataba la inmensa felicidad que sentía.
Aunque hoy no era un día cualquiera, las costumbres cuesta cambiarlas. El primer rato del día lo ocupó con el ritual de siempre: un vaso de zumo de naranja, la ducha y un café con cigarrillo para acompañar el primer contacto con la actualidad a través de la radio. Hoy con el volumen más bajo.
Por la mañana escuchaba siempre el mismo programa porque le agradaba mucho cómo desgranaban la actualidad, con un tono tranquilo y sin estridencias, añadiendo comentarios críticos que consideraba muy acertados. Puso mucha atención cuando el locutor dio paso a las crónicas de los incidentes xenófobos que habían sucedido el día anterior. Como había dejado la ropa fuera de la habitación para no despertar a Alba, siguió la noticia mientras se vestía. A medida que avanzaba el relato de los hechos, iba creciendo su indignación.
-Pobre gente, - pensó,-  como si estuvieran aquí por gusto. Tienen que emigrar para sobrevivir, han de buscarse la vida lejos de casa y encima los apedrean. Y todo, por tener un tono de piel diferente al de la mayoría de aquí. No hay derecho, - iba murmurando mientras dejaba la taza en la encimera y el albornoz en una silla del comedor.
Antes de salir de casa escribió una nota de amor, retomando así la alegría por momentos perdida.

En el trabajo
Durante el trayecto hasta el trabajo fue saludando a los conocidos con los que se cruzaba, pensando que el intercambio de “buenos días” era hoy más acertado que nunca.  Por el camino se paró en el quiosco para comprar el diario y después entró en el estanco a buscar tabaco. Era una visita apetecible, ya que el chico que atendía siempre tenía algún comentario oportuno que comportaba una corta pero agradable conversación. A veces pensaba que este buen ambiente era una muestra de solidaridad entre personas de un colectivo que cada día lo tiene más crudo. De hecho, los estancos se han convertido en uno de los pocos lugares donde si fumas nadie te mira mal.
Salió del estanco con una sonrisa que no dejó hasta llegar a la oficina.

  1. ¡Qué cara de alegría!, ¡Cómo se nota que todo te va de maravilla!, - comentó un compañero al cruzarse por el pasillo.

Correspondió con un guiño y se sentó en su mesa.

Como siempre, empezó por poner en orden el papelorio de los asuntos que tendría que tratar durante la jornada y después hizo la primera llamada del día. Por suerte tenía que hablar con un cliente de trato agradable y sobre un tema nada complicado. Bueno, por suerte no fue, ya que la llamada la había programado el día anterior.
Siempre procuraba empezar tranquilamente la jornada porque sabía que, sin quererlo, ya se iría torciendo.
Antes de salir a desayunar tuvo la tentación de llamar a Alba, pero se desdijo. Miró el reloj y supuso que ya habría llegado al trabajo; no quería molestar. Tampoco tenía nada urgente que decir. ¿O puede que si?  ¿Decir que eres feliz a quien amas es urgente? El hambre disipó la duda y se encaminó al bar de costumbre.

El desayuno
Apreciaba el ambiente de los bares de pueblo donde casi todo el mundo se conoce.
En este, el comedor tenía mesas corridas, de esas en las que caben tranquilamente una docena de personas. Siempre se sentaba en la misma mesa, donde se mezclaban clientes habituales con otros esporádicos, que tertuliaban mientras desayunaban.
Eran conversaciones sin fin, ya que se iban revitalizando a medida que se renovaban los comensales. Pidió el bocadillo, hoy de tortilla, y la cerveza, y dio su opinión sobre el motivo de la conversación que se terciaba, los incidentes xenófobos de ayer. Como en los estadios de fútbol también hay actitudes racistas, el tema derivó rápidamente hacia el ámbito deportivo y la jornada de liga del día anterior centró el resto de la tertulia.
Se acabó el café dando la razón al árbitro sobre el penalti que dio la victoria a su equipo, mientras los del equipo rival seguían discutiendo afirmando que se trataba de una falta fuera del área.
Al volver al trabajo se reunió con su equipo, en una sesión distendida y eficaz como casi siempre. Sabía que había creado un buen grupo, tanto a nivel profesional como humano, lo cual era motivo de satisfacción. Lo comprobó nuevamente cuando al final de la reunión recibió un obsequio con motivo de su nueva etapa personal. Un juego de desayuno para dos personas. Se alegró mucho porque era de una ceramista inglesa afincada hace ya muchos años en Catalunya, de quien ya tenía otra pieza en su casa. Estimaba mucho la decoración de los platos y de las tazas, con dibujos de trazo muy sencillo y colores vivos, por la alegría que transmiten.
 
La hora del almuerzo
Como no dejó nada preparado para comer, optó por ir al restaurante que hay cerca de su casa, una antigua masía donde se encontraba muy a gusto y tenían un buen menú.
Mientras andaba pensó que esto poco iba a cambiar ya que Alba trabajaba fuera del pueblo y no le daba tiempo de venir a comer. Se prometió tener disciplina y dejar preparada alguna cosa el día anterior para poder comer en casa y mantener una dieta equilibrada.
Se sentó a la mesa con el periódico. Consideraba que la lectura del diario era un acto íntimo y por eso prefería comer en solitud.
Durante el primer plato repasó la actualidad política, tanto de aquí como del extranjero. A la vez llegaron el segundo plato y la sección de sociedad.
Se atragantó con una patata frita al leer las declaraciones de un representante de los obispos en contra del uso del preservativo y de los matrimonios homosexuales. Su posición crítica con la Iglesia ganaba enteros a medida que iba avanzando en la lectura de la noticia. No entendía como podían quejarse de la falta de vocaciones y de adeptos y mantener posturas inmovilistas sin hacer nada por evolucionar al ritmo de la sociedad, sobretodo por lo que a comportamientos y orientaciones sexuales se refiere.
Se indignaba con los dirigentes eclesiásticos porque no aceptaban el preservativo como elemento preventivo de enfermedades y embarazos no deseados. Pero que no aceptasen la normalización del hecho homosexual lo consideraba, también, una posición hipócrita ya que cuando les conviene pregonan que todo el mundo es igual ante los ojos de Dios.
Con unos buenos postres caseros y un café, acompañados de las secciones de cultura y de deportes, retornó el buen humor. Era conveniente, ya que ahora tenia una reunión del equipo directivo que se olía sería pesada y nada agradable como acostumbraba a pasar cada semana.
Durante una hora inacabable tuvo que soportar una intervención soporífera e improductiva de su jefe inmediato, a quien el director dio la palabra nada más empezar la reunión. Mantenía una buena relación con el director de la empresa, el cual había dado muestras muchas veces de la satisfacción del consejo de administración por su trabajo. Por eso, no entendía como el último ascenso se lo había llevado aquel tío pesado y creído. Conocía bien a aquel trepa; habían coincidido en la facultad y también entraron al mismo tiempo, hace ocho años, en la empresa. Durante este tiempo comprobó como le iba cambiando el buen carácter que tenía en la época de estudiante, de manera proporcional al logro de un nuevo cargo. Como era de esperar, la intervención no aportó ninguna novedad al problema que les ocupaba.
Durante el debate posterior hizo una propuesta razonable y pragmática, alejada de las tesis de su jefe inmediato, que sirvió para encauzar la solución al intríngulis. Una mirada nada amable de su jefe y las felicitaciones con palmadita en la espalda del director, pusieron fin a su jornada laboral.
- Este se piensa que todo se arregla con un par de palmaditas, - se dijo. Pero inmediatamente se arrepintió; el director no era mala persona y había colaborado mucho en su integración a la empresa.

Atardecer
Antes de llegar a casa pasó por la panadería, la carnicería y la bodega, donde además de vinos también vendían frutas y verduras. Disfrutaba haciendo la compra. La tría de productos y las conversaciones intrascendentes con las dependientas, eran como un bálsamo reparador. Se evadía así de los problemas del trabajo y pasaba un rato agradable. A Alba no le gustaba hacer la compra, por eso cuando se repartieron las tareas domésticas aceptó gratamente asumir la intendencia.
La confianza que comporta tantos años de relación, hizo que de las tres tiendas se despidiese recibiendo felicitaciones por la nueva vida.
Justo acababa de ordenar la despensa cuando ella llegó. Un largo beso fue el preludio de un agradable rato de conversación para, tomando una cerveza, explicarse cómo habían ido las respectivas jornadas en su primer día de convivencia.
Después de decidir que harían de cena entraron en la cocina y, a cuatro manos, prepararon un “trempó” mallorquín y unos flamenquines a la cordobesa, que acompañarían de pan con tomate. Estuvieron de acuerdo en que si la mezcla de costumbres es un enriquecimiento cultural, el mestizaje gastronómico es la expresión más agradable.
Cenando, vieron en la televisión un espacio informativo que repasaba los últimos acontecimientos de la actualidad. Mientras tomaban una infusión no se pudo contener de comentar a Alba su indignación por las noticias sobre el aumento de los actos racistas y sobre las posiciones contrarias a la homosexualidad que mantenían la Iglesia y los partidos conservadores, opuestas a sus ideas de izquierdas. Alba, que escuchaba con una sonrisa de complicidad, lanzó un beso solidario al levantarse de la mesa para fregar los platos. Una programación de televisión poco animada hizo que se retiraran pronto.
Hicieron el amor apasionadamente, durante un buen rato. Alba se durmió enseguida, sobre las sábanas, casi sin aliento para un último beso de buenas noches.
Al volver de la cocina, donde había ido para beber un vaso de agua, María se quedó un momento de pie contemplando el cuerpo de Alba y su reluciente piel negra.
Le vino a la memoria cómo se conocieron y cómo la amistad se hizo amor. Cuando decidieron que vivirían juntas sabían que no lo tendrían fácil. Pero se querían y juntas habían encontrado la felicidad. Les bastaba para comenzar una nueva vida.
Con este último pensamiento María se durmió. Estaba cansada, no había sido un día cualquiera y seguramente los próximos tampoco lo serían.