Jara Gil Fernández (Madrid, 1980). Licenciada en filología hispánica.
Le gustan los cuentos, el sol y la gente.
Cuénteme... ha recibido mención especial joven del jurado del II Concurso de Microrrelatos Mineros de Manuel Nevado Madrid, organizado por CCOO de Asturias. Ha sido publicado en el 2006 por la editorial Madú.
A Benita
CUÉNTEME...
Y al poco los hijos. Joder, qué puntería. Empezamos con David, el más grande, al año la Rosa. No nos habíamos recuperado del susto y vinieron la mellizas.
Teníamos una casa como la de casi todo el mundo por entonces, una habitación y piedra fría. Nos calentaba una sopa aguada a la noche.
De las minas me han quedado muchas cosas, un frío en los huesos, que no quiere salirme. Los dedos torcidos. Miedo a la oscuridad, el recuerdo de un olor que no me gusta. Mucha camaradería. Yo he tenido compañeros, que los llevo aquí, como llevo el frío.
A mi mujer la conocí en mi casa, mis padres tenían tres hijos y compartían casa con una familia de seis. La Julia y yo fuimos al colegio cuatro días contados, aprendimos unas letritas, y dejando las que no sirven de nada, las que no suenan o suenan iguales, empezamos a escribirnos cartas. Por entonces yo tenía nueve o diez años y era pastor de ovejas. En las épocas que no había pasto, me liaba a andar hasta que lo encontraba, y pasaba muchos días fuera de la casa, con el buche vacío y más miedo que hambre.
Luego me metí en la mina, qué le voy a contar...
La Juli siempre tuvo buenas piernas, suaves y finas, pero duras como fierro. Me encantaba verla irse al río, con el canasto parao en la cabeza, caderazo va, caderazo viene, y ni una, oye, ni una sola vez se le cayó una prenda.
También ha currao la Juli...; Y también ha pasao miedo.
Antes las cosas eran distintas, no había quejas. La Juli y yo no os hemos reprochado nunca nada, ni nos hemos preocupao de querer más que vivir y darles lo mejor a los chicos.
Mi hija, la Rosa, se está divorciando, dicen no sé qué de la rutina, ... no sé, yo entiendo poco. La Juli y yo, nunca nos hemos preocupado de eso, ya le digo.
Me pesa no haberla llevado a conocer el mar, fíjese, más que nada. Ella decía que no se hacía a la idea de algo tan grande. Años más tarde fui con las mellizas, los yernos y los nietos a Torrevieja. A mí el mar... me gustó, tan azul, tan grande, pero no crea, yo entiendo de olivos, será eso, que sólo entiendo de tierra. Aunque la pensé mucho, a la Juli. Mira que me pesa.
Ese mismo verano sin sol, Julia, al pequeño de nuestros nietos le crecía algo dentro. Se enamoró, si lo hubieras visto. No paraba el culo quieto, de repente se le cerraba el estómago, se le quitaba el hambre... Ese andar distraído, nervioso cuando la sabía cerca. Era de risa. Fue lo único que me alivió las pesadas charlas de yerno a yerno. Yo ordenaba mentalmente el huerto, le pedía al Marcelo cada noche, como a Dios, como si me oyera, que recogiera aquella patata, que regara esa lechuga... estuve preocupado. De vuelta al pueblo todo estaba bien, el Marcelo se había portado. Él también tiene las costumbre de charlar con las gallinas para que pongan cada día.
Si por lo menos hubieras estado. No así, como estás, sino hablando, haciendo y deshaciendo, así, dirigiéndolo todo, como siempre. Te habría llevado a pasear, a escucharte, a que me hablaras sin parar. Te habría enseñado el mar, y me habría preocupado menos el huerto. Y a lo mejor tú habrías sabido decirle al niño, qué hay que hacer para acercarse a una chica y no asustarla. Yo, cuando le veía dejar el plato entero, lo miraba y le decía, “si supieras cómo te entiendo...”. Cada vez que me asalta el recuerdo de un olor tuyo Julia, a mí también se me cierra el estómago. Pero, perdone usted, estoy mayor y se me va la cabeza, quería usted que le hablara del trabajo en la mina. Es que empiezo a hablar... |