| Alexandra Vila García Barcelona, 21 de diciembre de 1973. Estudios de Diseño de Interiores en LLotja (Barcelona) y el resto, un ir y venir de trabajos de todo tipo que no hace falta enumerar, como mucho mis inquietudes pictoricas y literarias. |
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Doce horas, páginas en blanco, tanto que escribir, tanto para explicar, cómo empezar, sólo doce horas hasta mi muerte, así está escrito y así será. Es una bella noche para morir. Hay luna llena, su luz refleja en el estanque los granados de alrededor…Granadas, granada suave y delicada por fuera, roja y extraña por dentro, roja, roja, rojo sangre. Cómo moriré, estoy sola, en casa no hay nadie, la habitación cerrada con llave, así está escrito, así lo indica la carta que desde que la leí, era parte del testamento de mi padre, ha marcado mis sueños y pasos, mis ilusiones y dolores, marcando un final, una inexorable certeza. He sido feliz, a pesar de saber mi final, he amado y me han amado, he dado y he recibido, ¡sí!, muy feliz. Tengo el sobre para Mariah, aquí, el mismo que recibí yo cuando murió mi padre, el mismo que recibió él a la muerte del suyo, el mismo sobre que recibimos los primogénitos desde hace cinco siglos cuando la familia llegó aquí a Cork, nada sabemos de nuestro origen verdadero, como si no hubiésemos existido antes. Alguien me habló una vez de Dublín, no recuerdo quien ni porque motivo, nada es seguro salvo Cork. Cork y este castillo que nos dio poder, seguridad y riqueza, y un final seguro antes de tiempo, nuestra prosperidad continuará siempre que la tradición perdure, con mi muerte cumpliré con la familia, todo irá bien, así está escrito y así será. Aún tengo tiempo, releo la carta de nuevo, el sobre y el papel están ya muy envejecidos pero la tinta está fresca como si la hubiesen escrito ayer, la leo, la primera vez fue al morir mi padre, después mi cumpleaños año tras año, esta noche la he leído varias veces, en realidad la sé de memoria, pero no quisiera olvidarme de nada, todos sus detalles, sus precisas indicaciones, casi como si un director de escena la hubiera escrito, la luz, las ventanas, el silencio, todo planeado. Esta será para Mariah, esta carta, la llave y esta caja… La caja, lo dice la carta… Es una caja muy hermosa, de madera, con detalles dorados. Está en el escritorio, no deseo tocarla hasta que sea el momento, intento evitarla pero su presencia llena la habitación, toda la atmósfera gira en torno a ella y su mensaje es diabólico, habla de muerte. No quiero morir, no debo pensar en ello, pero no deseo mi muerte, ¡porqué! ¡Porqué! Aún soy joven para morir, pero también a los anteriores les sobraba vitalidad y años de vida y todos cumplieron, yo debo hacerlo. ¿Cómo moriré? ¿Vendrá alguien a matarme, quizá aquel que tenía la caja? Las puertas están cerradas, estoy sola. Suenas las campanas a lo lejos, una hora más…una hora menos. Tengo escalofríos, es el frío de la muerte que me acecha. Oigo ruidos, tengo miedo, estoy sola, quizás no, pero no debo salir, es mi imaginación. Mi corazón se acelera, debo calmarme, tengo que hacerlo bien. Apunta el alba, está llegando la hora. Es el momento de abrir la caja, tiemblo, respiro profundamente y me siento cómodamente frente a la ventana, los rayos de sol empiezan a iluminar la sala, las luces cambian, las sombras cambian. Dejo mi mente en blanco, cojo la llave y abro la caja, una nota, sólo una palabra ‘licor’, y en el fondo un botellín. ¿Debo tomarlo? ¡No! ¡No! ¡No! Habría aceptado mi muerte, pero suicidarme, ¡no! Matarme yo, ¡no! ¡No! ¡No podré! ¡No puedo! ¡No quiero! ¡No! ¡No! ¡No! Oigo pasos…oigo ruidos…es el pasado de mi familia que reclama mi deber, es la hora. Me levanto, abro la ventana, necesito aire, el frescor de la mañana invade la habitación, el sol, el rocío, el estanque, los granados, la paz, la paz a un paso, ahí afuera, en el jardín, en las aguas claras del estanque, de mis juegos de niña y mis suspiros y mis sueños…ahí afuera, aun paso la paz… …a un paso… El granado ha dejado caer hojas últimamente. Curiosamente, cuando caen aún son verdes, tan brillantes e intensas como rojas son las flores de este árbol. Al lado de mi cabeza, de mis ojos muertos ya, una granada ha caído y mi sangre se confunde con sus granos palpitantes, que parecen vivos aún, caídos pero rebosantes de jugos, de savia, de futuro. Desde el pie del árbol no lo puedo ver pero sé, oh sí, lo sé, que una puerta se abre, y alguien entra en la sala, recoge el licor, las cartas, la llave, la caja. Es esa sombra que rodea la funesta tradición de mi familia, que ahora toma la forma de un joven, erguido con la seriedad de su tarea de responder ante la tradición. Ahora su misión ha acabado, su primogénito se encargará de Mariah, así está escrito y así será. Alexandra Vila García |
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